Portada Directorio Debates Buscador Redacción Correo
La insignia
21 de septiembre del 2001


Revista de prensa: Ataque a EEUU

El fundamentalismo


Francisco Umbral
El Mundo. España, 21 de septiembre.


La insignia


Especial

Ataque a
Estados Unidos

 

El fundamentalismo tiene dos vectores: uno es la adhesión fija, duradera y cerrada a los libros sagrados o a cualquier cosa que se tome por tal. No sólo hay fundamentalistas del Corán o de la Biblia. Hitler era fundamentalista de Nietzsche, del Nietzsche que a él le interesaba. Yo he conocido fundamentalistas de las Rimas de Bécquer o de Gabriel y Galán. Pero no se puede ser hombre de un solo libro porque eso es malo para el hombre y sobre todo es malo para el libro.

El fundamentalismo, que suele polarizarse en torno a un libro, una religión o un personaje, no es un éxtasis de la cultura sino un éxtasis de la ignorancia. Para lo que sirve la cultura, entre otras cosas, es para disolver estos escollos o grumos de ignorancia que a veces se forman en una raza, una ciudad, una tribu, etc. El fundamentalismo es la forma extática del terrorismo, o más bien el terrorismo es la forma dinámica del fundamentalismo. La adhesión sostenida y dura a un solo núcleo de verdades o mentiras, de leyes o aleluyas, acaba criando callo en las conciencias. Cultura es dispersión, maleabilidad, sorpresa, novedad, tradición puesta al día y predisposición al error. Ahora hay unos cuantos países que no basan su persistencia en una economía, en una ideología abierta, en esa charnela que forma el pasado con la actualidad, sino que se aculatan en la tapia de un fundamentalismo más o menos histórico, pero que poco tiene de fundamental referido al mundo de hoy y sus exigencias, desde la técnica hasta la democracia.

Porque no hay que confundir la miseria o la sumisión con la crudeza del fundamentalismo. Los pobres del Tercer Mundo viven a la deriva y no tienen tiempo de echar fundamento en nada. Son los intelectuales, los monjes, los clérigos traidores, los esclavistas millonarios quienes fomentan un fundamentalismo con más o menos raíz local para, en nombre de él, lanzar a las masas a morir contra las refinadas técnicas de Occidente.

El fundamentalismo es una amalgama de acertijos y petróleo que se ha vuelto belicosa levantando incluso las banderas de la pobreza, que debieran ser las suyas pero no lo son. Caídas, desaladas las dos grandes ideologías de la modernidad, liberalismo y comunismo, van cogiendo cuerpo y estatura los fundamentalismos como consecuencia de la desaparición del gran bloque soviético que los asumía, castigaba, integraba o diluía. Ahora van por libre.

Este pistón del fundamentalismo es lo que se está utilizando contra Occidente para bien y para mal. Ahora, nos molesta bastante, y con razón, que el señor Bush pueda erigirse en capitán de una cruzada contra el Tercer Mundo, pero el fundamentalismo no sabe dialogar, no quiere dialogar y prefiere volar unas torres a integrarse en la economía y la cultura de un tercer milenio que se va a salvar por la ciencia si no se pierde por la violencia dispersa de unos y otros. El fundamentalismo tiene que comprar armas a Occidente, pero le repugna menos una pistola que un libro de Bertrand Russell. El fundamentalismo es la Edad Media que vuelve, que nos cierra el paso y cree que un avión de pasajeros es una lanza contra el corazón de América.



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad | Ciencia y tecnología | Directorio | Redacción