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La insignia
11 de septiembre del 2001


La inteligencia artificial según Spielberg (II)


Naief Yehya
La Jornada Semanal, suplemento de La Jornada. México, 10 de septiembre.


Los pecados de Spielberg

Desde hace más de veinticinco años Spielberg ha despertado la ira de numerosos críticos y cinéfilos por varias razones, pero quizás la principal es que se le considera culpable de haber desatado la dinámica de comercialización de las películas megamillonarias que rige en Hollywood a partir de la campaña promocional de la cinta Tiburón (1975).

Spielberg representa la ruptura con un Hollywood atribulado por las contradicciones de los sesenta y el comienzo de una nueva era de ambición comercial desenfrenada. Le debemos la transformación de los seriales de serie B en atronadores blockbusters. A diferencia de sus contemporáneos de la "generación dorada de los setenta" (Scorsese, Coppola, De Palma y Malick, entre otros), Spielberg optó por la manipulación emocional, ya fuera al presentar el mundo a través de ojos infantiles o al ofrecer lacrimógenas visiones de los desposeídos. No obstante, nadie puede cuestionar el talento ni el instinto cinematográfico del director de Parque jurásico (1993), un auténtico artista del manejo de la luz, un genio de la puesta en escena de secuencias de acción (basta considerar sus mil veces imitadas aventuras de Indiana Jones) y un visionario capaz de crear iconos universales como la amenazante aleta del tiburón, los niños que vuelan en sus bicicletas en E.T. (1982) o la nave de Encuentros en la tercera fase (1977).

Spielberg ha creado numerosas imágenes imponentes y sobrecogedoras, pero quizás nunca antes tan vitales y fascinantes como en su nueva cinta, A.I. inteligencia artificial. Aquí la estética de Spielberg va del surrealismo a Piranesi y de ahí a las videoesculturas de Tony Oursler pasando por las fantasías perversas de los hermanos Chapman. Spielberg nunca ha sido un cineasta que pierda de vista su historia por culpa de los vistosos efectos especiales que utiliza y A.I. no es la excepción; por el contrario, el inmenso arsenal de recursos visuales tiene la función de crear metáforas o bien de acentuar y contrapuntear las emociones de los personajes. Imágenes devastadoras y hermosas como un robot abandonado en el fondo de una alberca, Manhattan cubierta por las aguas, el intento de suicidio de Dave y el encuentro con el Hada Azul son visiones desesperanzadas que representan de manera brillante la muerte del afecto en una sociedad infantilizada, incapaz de valorar sus emociones y dispuesta a desechar hasta sus obras más sublimes.


La inocencia de las máquinas

Uno de los elementos más notables de la cinta tiene lugar cuando Dave se encuentra con Gigolo Joe (Jude Law), quien también debe escapar de los humanos. Joe es también un androide programado para amar, pero su especialidad es el amor físico. Dos máquinas creadas para relacionarse íntimamente con el hombre (la mujer) y para dar placer de dos formas completamente distintas tienen en común una profunda inocencia que evoca la pureza cósmica del et. De igual manera, el viaje de Dave, Joe y el oso de peluche, Teddy, en busca del Hada, recuerda tanto al Mago de Oz (Victor Fleming, 1939) como al viaje desesperado que hacen los replicantes Nexus 6 a la tierra para encontrarse con su creador y exigirle que les extienda la vida en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). A pesar de que cada uno de estos viajes es distinto en naturaleza y en los métodos usados para tratar de conquistar lo anhelado, todos se caracterizan por un deseo casi infantil de satisfacer deseos elementales: Dorothy y Toto quieren volver a casa, Roy Batty y los demás replicantes quieren vivir más y Dave quiere ser humano para que su mamá lo quiera.


Laberinto filosófico

Es muy probable que Kubrick haya decidido no filmar A.I. debido a la intrínseca complejidad filosófica de la historia. Kubrick había explorado en 2001: Odisea del espacio (1968), al lado de Arthur C. Clarke, la evolución de la humanidad, del simio al hombre y de éste a Hal 9000; aunque la computadora es desactivada, el filme concluye con un feto cósmico que habrá de tomar nuestro lugar. No hay duda que para Kubrick el hombre era una especie condenada e irredimible; en cambio, Spielberg cree sin reservas en nuestra humanidad, la cual se manifiesta tanto en los niños que pueblan sus cintas, como en Schindler o en los soldados que pierden la vida para rescatar a Ryan.

La colisión entre estas visiones es muy obvia en A.I. Por un lado sentimos repugnancia por la crueldad de los humanos en contra de los mecas (o androides mecánicos). Las masas vociferantes que celebran la destrucción de los mecas serían equivalentes a los fanáticos que aplauden una quema de libros inmorales o de pokemones. Pero por otra parte la humanidad amenazada con la extinción ve la proliferación de los mecas como un auténtico peligro para la supervivencia de la especie, ya que se trata de seres que un tienen instinto de conservación, a pesar de que no suplican por su vida en los flesh fairs, sí tratan de escapar a sus captores. Los robots tratan de sobrevivir en la clandestinidad y tienen un sentido de la dignidad que los lleva a tratar de repararse con los pedazos desechados de sus semejantes destruidos. Dave, quien es mucho más sofisticado que el resto de los mecas, nos obliga a preguntarnos: ¿qué es la consciencia?, ¿es la inteligencia evidencia de la existencia del espíritu? Y lo más importante: ¿qué es lo que nos hace humanos? Spielberg asume que al ser capaz de amar, Dave tiene espíritu; sin embargo, en el mundo de los hombres es sólo el prototipo de una línea de productos. El director y guionista hace un trabajo espléndido al usar un cuento de hadas para reflexionar en torno al impacto de la tecnología en el espíritu y en la trascendencia del hombre.

Lamentablemente, la cinta pierde coherencia cuando Spielberg trata de responder a los problemas morales de la historia con una mezcla de evocaciones metafísicas y añade un forzado epílogo en el que redime a su personaje mediante un artificio gratuito que involucra los poderes ineluctables de seres superinteligentes y etéreos de otro mundo.



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