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| 7 de octubre del 2001 |
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Ataque a EEUU Las turbulencias islámicas y el enigma asiático
José Carlos García Fajardo
Pretender que estamos ante una "guerra de civilizaciones" es un error que puede conducir a un holocausto espantoso pues la ideología, el fanatismo y la locura han suplantado a la razón, al derecho y a la cordura.
Uno de los objetivos fundamentales del ataque terrorista a los símbolos de poder de EEUU, con la muerte de millares de inocentes de más de cincuenta países, es desencadenar una guerra civil entre los países árabes y musulmanes. Está urgida por terroristas nacidos del fundamentalismo islámico contra los gobernantes mahometanos corruptos que durante décadas han estado al servicio de los grandes intereses económicos que rigen el mundo simbolizados en EEUU como paradigma. En esta tragedia late la experiencia de una injusticia social cuyos frutos se manifiestan en el hambre, la explotación y la exclusión de dos terceras partes de la humanidad. Pero es preciso descartar que los terroristas que han desencadenado este cataclismo pretendan liberar a los oprimidos de la tierra y establecer una sociedad más justa y solidaria. Han atacado la democracia, la libertad y la posibilidad de un diálogo político; han destrozado la esperanza por una comunidad de pueblos regidos por el derecho y por la concordia para tratar de imponer otra forma de esclavitud y de imperialismo ideológico: el más perverso apoyado en el mito religioso capaz de deshumanizar y de enajenar hasta el suicidio programado como liberación. De ahí nuestra prudencia al condenar esa locura retrógrada con la misma fuerza que denunciamos las injusticias de un modelo de desarrollo que ha causado millones de muertos y de víctimas en nombre de un progreso económico y de un etnocentrismo inadmisibles. De ahí el no alinearnos irracionalmente con una cruzada que pone en peligro unas formas de vida apoyadas en la razón, la justicia y los derechos humanos para todos. Una venganza que anuncia respuestas masivas y una serie de acciones que no respetarán los derechos fundamentales conseguidos porque les molestan a la hora de implantar la guerra sucia en la que se enrolarán individuos indeseables buscados en las cloacas y cuyo comandante en jefe ha proferido esta frase terrible "el que no esté con nosotros está con los terroristas". Es otra forma de fundamentalismo: pretender que se dirige la guerra del Bien contra el Mal. Que condenemos la salvaje agresión no nos obliga a militar en las filas de quienes se han puesto al frente de una guerra absurda e incontrolable cuando de lo que se trata es de una operación de policía a escala mundial para restablecer y modificar el orden, capturar y juzgar a los culpables y aplicar las necesarias correcciones a un modelo de desarrollo que se ha rebelado injusto e inhumano y que ha mostrado una forma de la explosión social anunciada por Butros Galli en la Cumbre de Copenhague de 1995: "como el sistema ha pasado de injusto a inhumano se aproxima una explosión social incontrolable". Los secuaces de Bin Laden no siguen el modelo icónico de los míticos revolucionarios que con mayor o peor suerte se han identificado con la causa de los oprimidos. Bin Laden es un fanático que en su mitomanía ha declarado "Dios se ha servido de nosotros para destruir la URSS. Ahora, le toca el turno a América". Nacido en el seno de una familia de la oligarquía saudita, actúa movido por el despecho de haber sido utilizado por la CIA contra los soviéticos en Afganistán para ser después abandonado. Como suele hacer EEUU con los criminales que en cada momento han servido a sus intereses de superpotencia. Ese fue el caso de los dictadores que oprimieron a los pueblos latinoamericanos y del Sha, Sukarno, Mobutu, Chiang Kai Check, los tiranos de Vietnam, los dirigentes del Irgún y de Stern en Israel, Sadam, sin olvidar a los reyezuelos árabes del petróleo que oprimen a sus pueblos violando los derechos humanos y del mismo Corán y los haddits del Profeta Mahoma. El Islam auténtico no es integrista ni, como declaró el Cardenal Ratzinger, ha dejado de ser "una civilización superior a la de Occidente durante más de mil años". Y que merece respeto porque puede volver a ser fuente de cultura, de sabiduría y de otras formas de progreso que contribuyan al bienestar de la comunidad humana en un planeta que se ha hecho abarcable y en el que podemos vivir solidariamente o destruirnos para siempre. Tampoco puede cargarse toda la responsabilidad al conflicto en Oriente Medio aunque no dejarán de aprovecharse para afirmar la irracional prepotencia. Es inaplazable encontrar la solución a sus conflictos en la mesa de negociaciones con los palestinos, aceptando las resoluciones de la ONU. Tanto el desalmado general Sharon como el desbordado y débil Arafat tienen que aceptar una conferencia avalada por las potencias internacionales. Tanto Israel como Palestina pueden existir como Estados soberanos sin remover las aguas de sus orígenes con elementos terroristas y crímenes en ambas comunidades. Es la guerra en una loca huida hacia delante sin que nadie se atreva a decirle al león que le huele el aliento. La magnitud de la tragedia, la afrenta al honor de EEUU, la amenaza de desastres nucleares o bacteriológicos, el fracaso de una política prepotente no autorizan a Bush ni a su corifeo Blair a arriesgar la paz mundial en una trampa mortal. Tarde han comprendido que no era prudente ningunear a Rusia ni a las repúblicas asiáticas en las que ejerce influencia. Esto sin olvidar que, ante la inestabilidad de los regímenes islámicos en Oriente medio o la debilidad de sus antiguos aliados saudíes o de los emiratos corruptos, los estrategas de EEUU preparaban controlar la riqueza petrolífera de las antiguas repúblicas de la extinta URSS. El golpe a las Torres Gemelas no ha sido improvisado. Los terroristas islámicos no buscan el hundimiento de EEUU sino que pretenden que dejen de sostener a los corruptos dirigentes árabes que manejan las riquezas petrolíferas en detrimento de su dimensión social. Bin Laden busca el alzamiento de las muchedumbres árabes y musulmanas para construir un Califato islámico bajo su autoridad como nuevo Imán de los creyentes. Su locura se apoya en resortes de incontestable eficacia a los que no se podrá vencer por la fuerza de las armas sino con una política inteligente, mayor justicia social y la fuerza de los valores que sostienen la democracia y las libertades. Mientras el rico Occidente se enfrenta al turbulento mundo islámico, China, India y el sudeste asiático contemplan en silencio mientras crecen sus economías y se preparan para el relevo. |
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