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| 6 de octubre del 2001 |
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Ataque a EEUU Las torres mueren de pie
Rosalba Oxandabarat
Un avión en pleno vuelo chocando contra algo es algo muy poderoso, aunque ese algo sean un par de también poderosas torres. Pero, ¿son de verdad poderosas? Las torres no son fortalezas, aunque hayan sido pensadas como tales.
Las torres del World Trade Center no sólo eran -y simbolizaban- el corazón del capitalismo realmente existente, todopoderoso, virtual, representado, turistizado, amado, y también detestado. En la Architectural Guide to New York, de 1998, Francis Morrone escribió: "Lo mejor del wtc no es ofrecer la vista más amplia de Nueva York, sino ser el único punto de la ciudad desde donde no se ve el wtc". Frase que -quizás- habría aprobado Woody Allen (¿qué sintió este hombre de Manhattan, tan ajeno al heroísmo, hipocondríaco, analista-dependiente, jazzista contumaz, cuando la destrucción de parte de su mundo adquirió una cara tan distinta a la de Mia Farrow?). Con las cosas grandes se pueden proyectar interpretaciones y traumas, escenificaciones y parábolas. Babel. El reino virtual. Hollywood antes y después de Hollywood. Sin embargo, antes, durante y después de tanta morralla interpretativa, quedaba día a día y hora a hora la comprobación irrefutable de que en esas gigantescas torres trabajaban, es decir, marcaban tarjeta, tecleaban, telefoneaban, limpiaban, corregían, asesoraban, sellaban, discutían, etcétera, miles y miles de personas. El atentado del wtc rompe la representación mental del escenario de guerra; es la guerra irrumpiendo en la cotidianidad más inmediata, más corriente y banal, en el ámbito hoy más corriente y banal: la gran oficina de la gran ciudad. Durante las guerras mundiales, y en varios de los llamados conflictos aislados, en todas las ciudades que quedaban fuera de la línea de fuego los asuntos cotidianos de la vida adquirían, si cabe, mayor vigor y entusiasmo. Ha quedado testimonio de ello. Se trabajaba, se bailaba, se iba al teatro y a los bares, se hacía el amor; la cercanía o posibilidad de la destrucción potenciaba el furor vital, como desafío, reivindicación o conjuro. Pero había una línea de fuego, por movediza que fuera. Incluso en países que padecieron largos períodos de ataques terroristas, como Perú durante la guerra de Sendero Luminoso, Irlanda y España hasta el día de hoy, la escala de los atentados permitió -permite- al ciudadano de a pie la ilusión de verse favorecido por las estadísticas y, aun con precauciones, "seguir su vida". Un atentado como el del wtc aprieta las estadísticas, vuelve difusa, fantasmal y vecina la "línea de fuego", la instala en los conglomerados más grandes como posibilidad, y los grandes conglomerados son el signo de los tiempos en las metrópolis, y aun en ciudades de tamaño medio; hasta ayer -antes del 11 de setiembre-, realidad o aspiración en las urbes que se precian de serlo. El gesto común de ir al trabajo -o al paseo o el estudio- en los lugares con alta densidad de uso del suelo, quedó cargado con la posibilidad de lo irremediable. Nadie es o se siente heroico por ir a su oficina; los aviones contra las torres sin embargo fabricaron rápidamente héroes, a la vez que víctimas. Las torres del wtc fueron proyectadas por el arquitecto japonés Minuro Yamasaki, que murió hace quince años y de quien se dice -paradoja- que sufría de aerofobia. También, que las grandes corporaciones lo preferían porque sus proyectos salían más baratos que los de Philip Johnson y otros concursantes. Igual de grandes o un poco menos pero con equivalentes pretensiones, las torres, diseñadas como escenario de ocupaciones múltiples y como símbolo de prosperidad y tecnología, se multiplican en Tokio y en Hong Kong, en San Pablo y en Buenos Aires, en San Francisco y en Lima. Hasta la companía de teléfonos de un país ratón llamado Uruguay quiso la suya. Se alzan en suelos rocosos y "estables", y en tierras arcillosas en zonas del mundo donde ocurren terremotos. La tecnología lo habilita, el dinero se siente representado, nadie quiere que su ciudad no tenga esos símbolos de modernidad y progreso. Se los siente fuertes, inclaudicables, poderosos. Frente a la inseguridad ciudadana más corriente -robos o asaltos, por ejemplo- se revisten de mecanismos efectivos de control. Pocos hicieron caso a Eric Darton cuando, en un ensayo sobre el wtc titulado Divided We Stand, escribió: "Cuando se yergue un icono como el wtc, se puede contar con que, tarde o temprano, alguien intentará derrumbarlo". Y el francés Paul Virilio, tras el primer atentado al wtc en 1993, escribió sobre la fragilidad de los rascacielos en una nueva relación de fuerzas en la que a la era del equilibrio del terror le sucedía una del desequilibrio del terror. El terrorismo mundializado, afirmó Virilio, concede capital importancia al poder de la información que garantiza la repercusión a atentados "que no tienen otro sentido político que el que les ofrece la publicidad televisiva, el carácter telegénico de sus atrocidades". La fragilidad de las torres pudo haber sido sospechada en aquel 1993, cuando el primer atentado contra ellas costó "apenas" cinco muertos. Pero el orgullo capitalista aliado con el tecnológico no estaba en condiciones aún -¿lo está ahora?- de tomar en cuenta el preaviso. La "insensatez de un urbanismo que multiplica las torres", de la que habló Virilio, siguió viento en popa -y a él lo trataron de tremendista-, alabada, mantenida y copiada, regocijándose en el tamaño del poder simbólico que le era concedido. Los riesgos de ese modelo de urbanismo van más allá del atentado contra las torres, por cierto. Se podría haber intuido, por ejemplo, a partir del famoso apagón de Nueva York: sólo las ciudades con varios millones de habitantes dependen tan absolutamente de que no falle nada en el complejo engranaje que las sustenta. Un "granito de arena" en cualquiera de sus ruedas puede ser un desastre. Basta imaginarse a cualquiera de esos elefantes urbanos sin agua, o sin abastecimientos médicos o alimentarios, o sin líneas telefónicas, o sin transporte. La "gran escala" que tanto enorgullece a los técnicos y a los capitalistas no es una consecuencia natural de la vida humana sino del triunfo irrestricto de determinados modelos de desarrollo, esos que ahora -o hasta antes del 11 de setiembre- parecen no sólo los deseables y envidiables, sino también los únicos. La ciudad y los lobos Sin embargo, así como se ha recordado hasta el cansancio que el cine expresionista alemán de fines de los años veinte preanunció el horror de la era del nazismo (De Caligari a Hitler), los síntomas -de intuición de riesgos, de miedos latentes, de peligros reales o supuestos- nadan por ahí en las aguas contaminadas del cine y la literatura. En tópicos de corte policial, psicológico y dramático más naturalista, la "gran ciudad" aparece corrientemente ligada a soledades, miedos, riesgos varios. Y Susan Sontag, en "La imaginación del desastre", encuentra que los filmes de ciencia ficción no tienen nada que ver con la ciencia, que su verdadero asunto es en realidad la destrucción. La ciencia ficción sublima y embellece el aniquilamiento y las hecatombes, las explosiones y los escombros, ofreciendo a las multitudes una catártica sublimación del horror. Mucho más efectiva, la catarsis por medio de la ficción, si se asegura que ésta tiene nivel cero desde el punto de vista dramático: Armagedón y El día de la independencia son tan bobas que es posible dedicarse a abrir la boca ante sus efectos especiales sin que ninguna molesta sensación de verosimilitud contamine la complicidad ante el chisporroteo. Ya vimos cómo se acaba el mundo; ahora, volvamos para la cena. Pero la atracción ante el espectáculo de la destrucción no funcionaría tan efectivamente de no estar alojada, en algún rincón poco iluminado del inconsciente colectivo, la sospecha apocalíptica ligada, invariablemente, a la gran escala. (Catapultar esta sospecha en la puerilidad es también una forma de conjuro.) No por nada Nueva York, en la pantalla, es el gran objeto de destrucción o de intentos por lograrla. Desde un gorila (King Kong) hasta una cultura entera de ellos -recordar el final de la primera versión de El planeta de los simios (1968)-, pasando por innumerables filmes de acción tipo El túnel del infierno (1996), Duro de matar 3 (1995) o Contra el enemigo (The Siege, 1998), cuyo guión, escrito por Larry Wright, fue criticado por su osadía por Los Angeles Times. En El club de la pelea no era Nueva York sino Chicago, pero también se buscaba derrumbar torres. El gran tamaño como metáfora de la extrema vulnerabilidad y como bocatto di cardenale para las fuerzas -naturales o creadas- desatadas. El filósofo esloveno Slavoj Zizek recordó, a propósito del derrumbamiento del wtc, el Titanic: no era cualquier transatlántico, sino el más grande y poderoso construido hasta el momento. Babel, una vez más. Por caras que sean las películas, siempre resultan más baratas que los grandes edificios y, ni que hablar, que las enormes ciudades, y, por último, su confección y circulación depende de menos cabezas. Meritoria, la industria del cine se apresura patrióticamente a postergar estrenos donde aparezcan hechos de terrorismo o amenazas que puedan asociarse de una forma u otra al espanto del 11 de setiembre. Más de un ejecutivo de las grandes empresas predice un nuevo auge de películas amables, familiares, "humanas", sin desdeñar el escapismo. Los apagados pueblitos del Medio Oeste o de la Nueva Inglaterra pueden volver a procrear conflictos amorosos y vecinales, enfrentamientos tramitables -entre familias, por ejemplo-, grandes y pequeñas pasiones. Los aviesos diseñadores de efectos especiales podrán olvidarse un poco de los estallidos y crear universos encantados y aun pesadillas, siempre que éstas sean de una escala adecuada (fantasmas de a uno, por favor). Hollywood siempre ha demostrado saber cambiar para seguir en pie, y no hay por qué dudar de que podrá hacerlo una vez más. Más, más, más... Mucho más difícil es esperar que los grandes motores de concentración de capital, de concentración del consumo y de casi todas las actividades económicas que están en la raíz de la génesis de los grandes conglomerados urbanos cambie su tónica, repiense su camino. Entre las voces, múltiples, que se han levantado después del atentado contra el wtc se usó hasta el cansancio la palabra vulnerabilidad, pero aplicada a los temas considerados específicos de la seguridad estadounidense: datos, informes, espías, métodos de detección, de filtración, y toda la parafernalia de los servicios llamados de inteligencia. La vulnerabilidad del modelo torres en sí mismo, de la megalópolis en sí misma, quedó fuera de toda cuestión. Poner en entredicho una forma de producción, distribución y habitación que ya está asentada -aunque nunca tan exageradamente- desde hace más de cien años, parece imposible siquiera de formular. Y no hay un mago de Oz, un Zardoz, un demiurgo escondido que digite todo el sistema, al que denunciar, derribar, hacer cambiar. El demiurgo, el mago, es el sistema todo, y calculadora en mano se afana en que el mundo alcance cuanto antes la pesadilla futurista de Blade Runner, o peor. El impulso "hacia adelante" de la sociedad capitalista y de la ciencia que la acompaña no es fácil de detener. Como ejemplo previo, se pueden tomar en cuenta las innumerables querellas establecidas en contra de la industria química por parte de organizaciones ambientalistas. Estas a veces ganaron pequeñas batallas, logrando que de algunos lugares del mundo se retiraran tales o cuales productos. Pero la gran industria siguió adelante, buscando mayores rendimientos, mayor efectividad, mayores mercados, bien servida por los grandes cerebros que financia, como sigue adelante la manipulación genética pese a los aguafiestas éticos que pretenden detener la sagrada marcha de la ciencia. De la misma manera, aunque en el mercado inmobiliario las oficinas en grandes torres conozcan durante algún tiempo una tendencia a la baja, aunque quizás por algo más de tiempo quienes dispongan de los medios económicos resuciten la búsqueda de la naturaleza optando por viviendas en el campo o en los suburbios, es más que difícil esperar que en las ordenanzas municipales de las grandes ciudades o en sus planes urbanísticos comiencen a aparecer cuestiones que desalienten la concentración excesiva. Por otra parte, ayudará a esta continuidad, como ha sucedido otras veces, esa curiosa capacidad humana para tramitar convenientes olvidos. La hoy enorme San Francisco se recompuso en el mismo lugar en que el tremendo terremoto de comienzos del siglo xx la llevó a los escombros. En la Cordillera Blanca del Perú, la ciudad de Huaraz, sepultada en 1970 por un gigantesco alud que enterró a más de 50 mil personas, se levantó pegadita a esa enorme tumba. Las personas, y no sólo los ciudadanos estadounidenses, volverán a viajar en avión, con un poco más de miedo sin duda. En un reciente artículo el alemán Hans Magnus Enzensberger reflexionaba sobre la imposibilidad de detener la ciencia, aun ante la certeza de los grandes riesgos que conllevan algunos de sus caminos, concluyendo que sólo una catástrofe de grandes proporciones podría, quizás, impulsar al menos su control. Pero pese a los terrores apocalípticos, la mentada Edad Media todavía no parece estar a nuestras puertas, y la seducción de las grandes ciudades sigue vigente, aun ligada a formas nuevas del horror. Ese "modelo insensato de urbanismo" que parece tener como lema "más, más, más" -más gente, más edificios, más alturas, más servicios, más distancias, más ofertas, más...- goza aún del beneficio de la fe -muy cascoteada, es cierto- sobre las ventajas de la acumulación y del impulso hacia adelante que la civilización occidental y, sin duda, la ciencia y la tecnología han hecho su razón de ser desde el siglo XIX. La gran catástrofe que sería motor de un nuevo rumbo en la conducción/construcción de las ciudades, como de las posibilidades de la ciencia y la tecnología, podría ser el atentado contra el wtc. Podría, pero nada indica que así sea: desde el punto de vista de las precauciones, lo único que parece haber disparado ese holocausto ciudadano es la infinita combinación de las ocurrencias de seguridad del pensamiento militar hegemónico. Tampoco Chernobil hizo desactivar las usinas nucleares. Como las tortugas que habiendo perdido su sentido de la orientación caminaban derechito hacia su muerte en aquella vieja película llamada Mondo Cane, eso que llamamos civilización occidental, con sus torres, sus ingenieros geniales, sus megalaboratorios que fabrican medicinas, venenos y clones y con sus monarcas financieros, tampoco puede detenerse. |
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