| Portada | Directorio | Debates | Buscador | Redacción | Correo |
|
|
|
| 5 de octubre del 2001 |
|
Ataque a EEUU Ignorancia homicida
Laura E. Asturias
Hace dos décadas, mientras recorría de punta a punta el aeropuerto de Seattle, en el estado de Washington, esperando a que saliera mi atrasado vuelo, un muchacho del lugar empezó a hablarme y quiso saber de dónde era yo. Le respondí que de Guatemala. Me miró por un momento con una expresión en blanco y luego preguntó dónde quedaba eso en Washington. Ahí mismo se me hizo añicos la arraigada noción de que los estadounidenses sabían muchísimo más que otras gentes.
Aun reconociendo que en aquel país tienen un acceso sustancialmente mayor que en el nuestro a la escolaridad, la impresión de ignorancia que quedó grabada en mí ese día no ha cambiado gran cosa. Quizás porque escolarizarse no necesariamente implica adquirir cultura y menos aún conocer otras más allá de las propias fronteras. Y si algo me ha impresionado tras los recientes ataques terroristas en Estados Unidos, es la profunda ignorancia de muchas personas allá sobre la historia de su país. Que me disculpen quienes no entran por ese aro, pero no puedo leer de otra forma el apoyo que un poco más del 60% del pueblo estadounidense ha dado (según reportó hace algunos días, citando una encuesta, la ahora cuasioficial cadena CNN) a la intención del presidente Bush de montar una guerra a gran escala para encontrar a los perpetradores de los ataques, por supuesto sin importar cuánta gente ajena al conflicto pierda la vida por pura venganza. Y quizás el mejor indicador de esa ignorancia histórica sea que también más del 60% de las personas encuestadas simplemente no sabía a quién debería dirigirse el contraataque. Desde hace muchos años los grandes medios de comunicación de Estados Unidos, cada vez más al servicio del Gobierno, orientan al público hacia una verdad a medias, cuando no una flagrante mentira: que los malos siempre están más allá de sus fronteras. En estos momentos sería considerado casi un crimen exponer voces disidentes, por ejemplo, en la CNN. Pero tampoco es posible ignorar permanentemente la devastación que ese país ha provocado en muchos otros en el mundo, y que lo ha hecho con una hipocresía letal: hoy sabemos sobre el financiamiento y entrenamiento que el grupo del saudiárabe Osama bin Laden recibió del Gobierno estadounidense para combatir a los rusos en Afganistán. Apenas una historia entre muchas otras parecidas. Ahora Bush pretende hacer creer que a su país se le odia por su libertad. ¿No sería más ético reconocer que lo que Estados Unidos experimentó el 11 de septiembre no es sino el producto de las formas en que sus sucesivos gobiernos han cercenado la libertad, violado la soberanía e impedido el progreso de otros pueblos? Y el problema de la profunda ignorancia que pervive en ese país acerca de estos hechos es que se trata de la potencia mundial, que hoy se dispone a arremeter, con toda la saña que sus amplios recursos le permiten, contra el pueblo afgano, durante décadas devastado por guerras, sequías y más recientemente por el Talibán, régimen totalitario y fundamentalista que ha dañado sobremanera la economía de Afganistán. Por estas latitudes también me impresiona que algunos, al parecer, han olvidado esa historia de intervención permanente o quizás les tiene sin cuidado. Desde el día en que ocurrieron los fatídicos actos terroristas, se ha observado surgir en Guatemala un patriotismo ajeno, paradójicamente clásico de los aplastados por el poderío del Norte. No hay honor alguno en apoyar la insensatez con que el Gobierno estadounidense responde a la violencia. No hay honor en defender la política exterior de una administración que amedrenta a su antojo a naciones debilitadas, como lo hace hoy de nuevo con el pueblo afgano. Ni puede haber honor en blandir una bandera ajena desde un suelo, el nuestro, que apenas ha sobrevivido la demencia que aquel Gobierno ahora pretende globalizar. |
|||