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| 3 de octubre del 2001 |
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Afganistán: Conversaciones en el pequeño Kabul moscovita El bazar de Mohamed Ghulam
Rafael Poch
MOSCÚ.- Es un enorme bazar afgano en pleno Moscú. Seis mil afganos de
todas las etnias, edades y condiciones sociales, trabajan aquí
repartiendo por la ex Urss mercancías de oriente. Sus dirigentes, son ex
altos funcionarios del antiguo régimen comunista de Kabul metidos a
ejecutivos; ex gobernadores, generales, embajadores y ministros. La
comunidad afgana de Moscú, unas 50.000 personas, anda preocupada por los
tambores de guerra que redoblan alrededor de su martirizado país.
"¡Dios mio! ¡Dios mio!, ¡no entienden nada!", Muhamad Ghulam se lleva las manos a la cabeza mientras contempla las imágenes que retransmite el televisor; supuestos avances de la guerrilla antitalibán en el norte de Afganistán, seguidas de otras sobre los preparativos y detalles de la armada americana. Todo eso, explica, está cargado de peligros. "La Alianza (antitalibán) del Norte ya gobernó Kabul, entre 1992 y 1996, hasta que los talibán los echaron. ¿Y qué hicieron?; saquear, luchar entre si, devastar las ciudades". Los líderes antitalibán son la banda de incapaces de siempre, "los Rabanni, Hekmatiar, Dustum, son lo mismo que los talibán, la diferencia es que las potencias les apoyan", dice. Con su poblado bigote, sus profundos ojos negros y su inconfundible fisonomía pushtún, Ghulam no está ni con unos ni con otros, pero teme que un nuevo intervencionismo extranjero irresponsable , empeore aun más las cosas en su país. "Si se limitan a bombardear generarán un odio alrededor del cual los talibán, que ahora no son queridos, podrían consolidarse", considera. En un país sin medios de comunicación, en el que la inmensa mayoría no dispone de radios ni televisión, donde, "sólo se ha quedado gente pobre e iletrada", la actual amenaza de conflicto puede fácilmente percibirse como un ataque de "infieles" a la independencia nacional. "Tenemos parientes allá, nos cuentan que ya está en marcha una fuerte propaganda del régimen contra la intervención extranjera, contra la guerra de los cristianos contra el islam. Muchos atenderán a lo que les dice el mulláh del pueblo y tomarán las armas para luchar. La agresión del exterior determinará automáticamente la toma de partido de la gente", concluye Ghulam. La advertencia es asumida también por los adversarios de los talibán. Gulbudin Hekmatiar, un miembro de la Alianza del Norte, ya ha anunciado su paso a los taliban para luchar con las armas contra la anunciada intervención de los infieles. "Si Estados Unidos se propone dirigir nuestro país, lucharemos contra sus soldados, los afganos nunca hemos tolerado y no toleraremos cualquier dictado extranjero", dice el vice ministro de defensa de la resistencia antitalibán, Atikulla Barelai. Los cachorros de Najibullah Muhamed Ghulam, es Presidente del "Centro de Negocios Afgano de Moscú", un enorme mercado mayorista que distribuye por toda la ex Urss mercancías de oriente procedentes de; China, Irán, Dubai, Turquía y los Emiratos. El Centro tiene su sede en el Hotel Sebastopol de Moscú, un enorme complejo de edificios que ha sido convertido en un gigantesco bazar oriental y que emplea a 6000 afganos de todas las etnias y condición social. Los dirigentes del centro son casi todos ex ministros, viceministros, embajadores, generales y altos funcionarios del régimen comunista y postcomunista afgano (1978-1992). Gente del entorno del último dirigente de aquel régimen, Najibulláh. Muchos de ellos eran jóvenes voluntariosos que en los años setenta y ochenta intentaron acometer una modernización grosera e innecesariamente forzada, en una de las sociedades mas tradicionales y atávicas del planeta. Su lema era, "vamos a hacer en dos años, lo que la Urss realizó en sesenta". Desde esa mentalidad hicieron su cruzada contra la religión y el oscurantismo, a favor de la emancipación femenina y campesina, y contra prejuicios y terratenientes. Aquella generación despreció todo consenso. El propio partido comunista afgano (Pdpa) estaba dividido en dos fracciones, una plebeya y radical ("jalk") y otra moderada ("parcham"), en la que militaban muchos parientes de patricios de la nación con conexiones con la casa real. Las diferencias políticas escondían multitud de diferencias sociales, étnicas y tribales, pero un espíritu fanático lo impregnaba todo. Ese mismo espíritu está presente hoy, veinte años después, entre los intelectuales del régimen talibán. Muchos de ellos, comandantes militares, mulláhs e incluso gobernadores, son ex militantes del Pdpa, sobre todo de la antigua fracción "jalk". Una diáspora organizada En Rusia viven unos 140.000 afganos, 50.000 de ellos en Moscú. En el mundo hay mas de tres millones de afganos huidos de su país. La mayoría de ellos son gente pobre y analfabeta que se encuentran en Irán (1,4 millones) y Paquistán (1,2 millones). Los mas ilustrados se fueron a Estados Unidos, Europa occidental y Rusia, pero es aquí donde la comunidad afgana es mas compacta y organizada, explica Sultán, un ex alto funcionario del ministerio de exteriores afgano, al que encuentro en los despachos del Centro Afgano de Moscú. Sultán vive en Londres, "allá la mayoría de los afganos viven de la seguridad social", explica. En Rusia, en cambio, pese a que la situación económica general es mucho peor, para gente como el hay mas oportunidades, gracias a la red de solidaridad organizada por la comunidad afgana. Por eso quiere mudarse. Mientras conversamos, muchas personas entran y salen del despacho en busca de ejemplares de "Naweed e-Rooz", el diario de cuatro páginas que la comunidad edita en Moscú. Muchos de los que entran, hablando indistintamente en pushtún o darí, llevan en su cuerpo los rastros de la guerra; muñones, terribles cicatrices en el rostro, cojeras y muletas. También hay adolescentes -ellos son los que cargan camiones, arrastran los carros, y llevan los bultos en el incesante hormigueo del centro- que nunca han vivido en Afganistán. Una llamada telefónica desde Kabul: un pariente de Sultán le informa desde allá que mucha gente está abandonando la capital. "Naweed e-Rooz" ("Noticias del día"), publica en portada una foto del ex rey de Afganistán, Zahir Shaj. Le pregunto al director del periódico, Faruk Fardá, por la actualidad del personaje, cuyo nombre se cita en todas partes como clave en una operación para la normalización política de Afganistán. Fardá fue el líder de las juventudes del partido "Watan" ("Patria"). "Watan" fue el sucesor del Pdpa, cuando este abandonó el "comunismo" para abrazar una política de "reconciliación nacional" tras la retirada militar soviética de 1989. El ex rey, una figura de consenso Najibullah, el último jefe de estado comunista afgano y el autor de aquel intento de "reconciliación nacional" apoyaba el regreso de Zahir Shaj como salida consensuada de la guerra en 1989. También Mijail Gorbachov y la ONU apoyaban la operación, pero Estados Unidos y Paquistán la combatieron y la oposición islámica que sostenían, se cerró en banda a cualquier acuerdo articulado por el ex rey que implicara a los ex comunistas. Querían la "victoria total", y Najibulláh, la figura más notable de la política afgana de los últimos veinte años, auguró "un mar de sangre" si el país caía en manos de la guerrilla integrista apoyada por Occidente, Paquistán e Irán. Su bárbara ejecución, en septiembre de 1996, cuando los talibán entraron en Kabul, violaron la sede de la ONU y colgaron el cuerpo del ex jefe de estado de una farola, demostró que Najibulláh tenía razón. Su trágica muerte fue una gota en aquel mar. También fue una vergüenza para Rusia, incapaz de evacuar a sus ex aliados. La gente con responsabilidades en el régimen prosoviético afgano, como Fardá, Ghulam o Sultán, fueron completamente abandonados por la Rusia de Yeltsin. Ghulam escapó de su país en 1993, después de haber sobrevivido a un atentado que las bandas mujaidines, cada una con su barrio y peleando entre ellas en Kabul, le organizaron. La historia de Fardá es parecida. Ninguno de estos ex dirigentes comunistoides, hoy metidos a ejecutivos en Moscú, alberga tendencias monárquicas, pero eso no quiere decir que no se tomen en serio un posible papel político de Zahir Shaj, que a sus 86 años vive en Roma, desde que en 1978 fuera desplazado del poder por el golpe de estado de su primo Mohamed Daud. "La época del rey nunca volverá a nuestro país", dice Fardá. Y me cuenta una historia, "para que lo entienda usted": "A principios de los setenta, durante la monarquía, alguién cometió un delito menor en mi pueblo, un villorrio de 120 habitantes varones adultos en la región de Jalalabad. Fue algo asi como el robo de una gallina. Llegó el policía del distrito, preguntó quien había sido el autor, y nadie respondió. Entonces se sacó el cinturón, un cinturón militar con una gruesa hebilla metálica, hizo poner a todos los hombres del pueblo en fila, y les propinó una zurra a todos, uno a uno. Esa era la vida durante la monarquía. Se respetaba y acataba la autoridad. Había una estricta moral tradicional. Ese mismo pueblo, aquellos 120 hombres azotados, durante la ocupación soviética tomaron las armas. Y el pueblo nunca fue dominado por los soviéticos. Si hoy viniera alguien con intención de azotarles el trasero, el policía, los rusos, los americanos o quien sea, la escena sería completamente diferente, se lo aseguro." La época de Zahir Shaj, cuando había paz y en Kabul se introdujeron elementos de democracia y parlamentarismo en la vida política, se fue para siempre con su estabilidad y su arcaísmo. Pero eso no quiere decir que el ex rey no pueda tener un papel sobre el actual panorama de ruinas. Zahir Shaj, un hombre de poco carácter que muchos definen como un cobarde, podría ser el catalizador de una "Loya Jirga", la tradicional asamblea nacional afgana que los gobernantes del país convocaban para decidir cuestiones fundamentales del país. "La gran ventaja de Zahir Shaj es que ha estado apartado del intervencionismo extranjero y de la violencia de los últimos veinte años, y que además tiene una legitimidad tradicional", opina el ex general y gobernador Muhamad Ghulam. Sin una solución de este tipo estrictamente arbitrada por la ONU, "comenzarán de nuevo los eternos escenarios en los que cada potencia, Estados Unidos, Rusia, Paquistán e Irán, intentará realizar e imponer su propio proyecto de futuro en Afganistán", pronostica éste observador. Sin plan político no habrá solución Cualquier intervención militar extranjera en Afganistán que no sea precedida de un plan político arbitrado por la ONU y respetuoso con la soberanía del país, será una "insensatez", dice Ghulam. "La mayoría de los afganos son rehenes de las bandas armadas que hay en el país", por lo que el objetivo debe ser, "un programa de desarme con garantías de que los afganos van a decidir sus propios asuntos mediante un amplio gobierno de coalición". "Las medidas militares, aunque se apoyen en los del norte o en los del sur, no funcionarán", sentencia Ghulam. "Sentí mucho los atentados terroristas de Nueva York, me dan lástima esas 6000 víctimas inocentes", dice Fardá. "Pero los americanos tienen que reflexionar por todo lo que hacen en el mundo, ¿no son seres humanos quienes mueren a decenas de miles en Oriente Medio, en Irak en América Central?. ¿Acaso son pájaros?", dice el director de "Naweed e-Rooz". "En nuestro país llevamos mas de un millón de muertos cuya principal responsabilidad es del intervencionismo, en gran parte patrocinado por Estados Unidos, por eso tienen que cambiar de política. Si se limitan a tirar bombas será igual, o peor", concluye. |
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