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La insignia
9 de mayo del 2001


La mentira


Berna Wang


No llores, Carlos, venga, deja ya de llorar. Si paras de llorar te cuento un cuento, ¿eh?, uno de los que a ti te gustan, de muchas aventuras, indios y vaqueros, aullidos de coyotes a la luz de la luna, galopes en el desierto, vamos, Carlitos, Carlangas, que me voy a acabar enfadando contigo. No, no es verdad, calla por Dios, no me voy a enfadar, qué me voy a enfadar con mi hermanito pequeño, pero tú no vuelvas a decir mentiras, ¿eh?, que eso es pecado. Mira, si paras de llorar y no me mientes, te juro que ya nunca me enfadaré, te lo prometo, ¿vale?, pero déjalo ya, que va a venir tío Jorge y no querrás que te vea llorando, ¿verdad?, con lo mayorcísimo que estás y todo lo que él te quiere, que te quiere mucho, Carlangas, que por eso te han mandado aquí papá y mamá, y para que seas alguien el día de mañana, para que puedas ir a un colegio bueno, de pago, ¿sabes?, que de eso no hay en el pueblo y así tendrás unos estudios como Dios manda; porque tú ahora eres pequeño y no te das cuenta, y echas de menos a papá y a mamá, y a la perra, y a Mario y a Esteban, pero ya verás qué bien lo vas a pasar, Madrid es muy distinto del pueblo, mucho más divertido. Mira, te llevaré al cine todos los sábados, y a merendar chocolate con churros a una cafetería, que hay sitios muy bonitos en la ciudad, porque esto es la capital de España, y te enseñaré el metro, que es un tren que va por unos túneles que están debajo de las calles y hay que bajar unas escaleras que como son tantas, andan solas y así no te cansas, y subiremos a los autobuses, a esos largos que parece que no se acaban nunca y que se doblan cuando cogen las curvas, te van a gustar, seguro, y te llevaré a los grandes almacenes, que son unas tiendas enormes, de varios pisos, que tienen muchos juguetes, te prometo que te llevo el sábado que viene, que yo tengo tiempo de sobra y me aburro en casa todo el día, tío Jorge siempre está en el despacho por las tardes y por las mañanas en los Juzgados, así que ya verás qué bien lo pasamos tú y yo juntos, y para Navidad, tío Jorge nos llevará a pasear en su coche, te va a gustar el coche de tío Jorge, lo grande que es por fuera y por dentro, de color de plata, como las balas para matar a los vampiros, ¿o era al hombre lobo?, lo que corre ese coche y lo suave que anda, y nos llevará a ver todas las luces de las calles, las avenidas, ¿a que no sabes lo que es una avenida?, pues una calle enorme, anchísima, llena de coches que van en una dirección y en la otra también, caben varias filas de coches, y ponen unas luces que hacen a Papá Noel, que va andando, sí, tú lo ves cómo va andando con su saco de juguetes a la espalda, y otras que son los tres Reyes Magos, y la cantidad de árboles con bombillas de colores, y otros que ponen con luces sin color, casi más bonitos, porque parece que es de día y que es el sol que se refleja en sus hojas, aunque no tienen hojas, claro, porque es invierno, pero no llores, Carlos, escucha lo que te estoy contando, calla un poco. Te va a gustar vivir con nosotros en esta casa, ¿sabes? Y te prometo que me portaré bien contigo y no me enfadaré, pero tú no digas mentiras, que eso está muy feo. Que sí que te quiero, Carlos, ¿de dónde te has sacado que yo no te quiero, mi niño? Si cuando yo me marché del pueblo para casarme con tío Jorge tú eras muy pequeño aún, tenías sólo dos años. Pero perdóname si me he portado mal contigo alguna vez, yo era tan joven, fíjate, hace cuatro años, parece una eternidad, ahora eres casi un hombrecito, con seis años ya, por eso no deberías llorar, que los niños mayores no lloran así. ¡Cuánto has crecido en este tiempo!, y yo con casi treinta años, que son muchos, y además estoy casada, y antes, bueno, a veces te tenía celos, Carlos, pero claro que te quería, te quiero, no me digas que me odias, que no quieres estar conmigo, cómo no íbamos a quererte todos, papá y mamá, y Mario, Esteban y yo, al más pequeñito, al bebé de la casa, hacía mucho que no se oía a un bebé llorar en casa, Esteban, el pequeño, tenía 14 años, pero ya no eres un bebé, Carlos, los niños de seis años no deben llorar así. Anda, suénate, toma un pañuelo, ¿quieres un poco de agua?, espera, despacito, no te vayas a atragantar ahora. Lo que pasa es que mamá, a sus 44 años, claro, quién iba a pensar que aún tendría otro niño, se volvió loca contigo, lo único que le importaba eras tú, vivía pendiente de tus menores gestos, sólo te sonreía a ti, parecía que tú solo eras el mundo entero; los demás, la casa, las fincas, nada importaba. Y yo me sentía sola, Carlos, no sé si lo entiendes. Tío Jorge venía mucho a casa entonces; bueno, siempre había venido mucho con eso de que es el abogado de la familia, pero aquel año papá acababa de comprar la finca de al lado, la de los Pereira, y era el trasiego de si había que firmar un papel o traer otro de Madrid, aunque en realidad yo sé que venía a verte a ti, también pendiente de ti, se pasaba la tarde mirándote dormir, o jugando contigo, si estabas despierto, y hablaba con mamá, se quedaban los dos en tu habitación, junto a tu cuna. Llegaba después de comer, cuando papá no había salido aún, se fumaban un pitillo en el comedor, charlaban un poco, y luego papá volvía al campo, que parecía que si no estaba encima de todo las cosas no marchaban como debían, y tío Jorge se quedaba en la casa hasta la noche. Pero tío Jorge también se acordaba de mí, me daba un ratito de conversación, a veces cuando llegaba, antes de entrar, en el porche donde yo leía, o si iba a la cocina a beber agua, Mario y Esteban en las fincas, con los hombres, con papá, yo sola en casa con mamá y contigo, y para mamá yo sólo servía para ayudarla, para limpiar, para fregar, para poner lavadoras, para cocinar. Y mi triunfo, ahora que ya eres mayor, ¿ves cómo eres grande, que ya no lloras?, muy bien, mi niño, Carlangas, bueno, ya no te llamaré más Carlangas si no quieres, Carlos, mi niño grande, hermanito del alma, no sé para qué te cuento esto, será porque a lo mejor lo entiendes, para que veas que no soy mala, como dices, mi triunfo, que tío Jorge siguió viniendo, pero cada vez estaba menos tiempo contigo y con mamá. Cada vez más conmigo, hablando de cosas sin importancia, pero se pasaba mucho rato, hasta aquella tarde, me acuerdo como si fuera hoy, era otoño y a mí el otoño siempre me ha dado suerte, mi gran tarde, mi premio por fin, para mí, para mí sola, fue cuando me pidió que le acompañase a dar un paseo hasta el pueblo. Y así nos hicimos novios, y entonces ya no estaba con mamá y contigo, mamá seguía pendiente de ti, todo el tiempo con su Carlangas, su pichoncito, pero tío Jorge ya no, tío Jorge paseando conmigo y charlando conmigo en el porche y en la cocina, hasta esa noche, que se quedó, esperando que papá volviera del campo, y me mandaron a mi cuarto en cuanto cenamos, las risas y los codazos de Mario y de Esteban, mamá distraída, papá muy serio, y tío Jorge les habló a papá y a mamá y al día siguiente mamá no me miraba, como si yo me hubiera vuelto invisible, creo que le dio pena que me casara, le dio pena que me fuera de casa, pero no empieces otra vez, Carlos, hijo, en cuanto menciono a mamá te echas a llorar, no, niño, no, ya verás cómo se pasa el tiempo rápido, vendrán a verte todas las semanas, te lo han prometido, y podrás irte con ellos al pueblo en vacaciones, cómo se va a olvidar de ti la perra, los perros tienen una memoria más grande que las personas, verás qué fiestas y qué saltos y qué ladridos cuando te bajes del coche y te pondrá perdido de tierra, porque del contento no va a hacer ni caso a los gritos de papá, ya lo verás. Te va a gustar Madrid, a mí me gusta, y esta casa, ¿has visto lo grande que es?, la casa de los misterios, parece de película, pero no de miedo, no tienes que tener miedo, ya te enseñaré dónde están todas las llaves de la luz y podrás encenderlas todas y así no tendrás miedo, pero verás qué de habitaciones, y los cuadros que tiene tío Jorge de su familia, señores antiguos con bigote y uniformes raros, como en las películas, y un santo que está mirando para arriba y una luz le ilumina la cara y las manos, te van a gustar los cuadros, la llamo la casa de los misterios porque cada cuadro tiene una historia secreta que sólo la sabe tío Jorge, eso cuando se acuerda, ¿sabes?, que a veces ni se acuerda ya de tan antigua y entonces casi es mejor, porque se la inventa y nos reímos mucho, y hasta el tío Jorge tiene un secreto, no me lo estoy inventando, yo lo sé porque a veces entro en su despacho por la tarde a preguntarle si quiere un café y está mirando fijo por la ventana, la calle, qué tendrán de interesante los coches arrancando, parando, abajo, en el semáforo de la esquina, y me lo encuentro con la luz apagada, y parece como si estuviera muy lejos y cuando está así tarda un poco en contestar que sí, que no vendría mal un café a estas horas, y entonces sonríe, y se acabó el secreto, porque yo enciendo la luz de arriba y la de su mesa y os vais a llevar bien, seguro, Carlos, que tío Jorge siempre te ha querido mucho, ¿no te acuerdas todos los años los juguetes que te han dejado los Reyes Magos en esta casa y que íbamos a llevarte al pueblo y nos quedábamos a merendar roscón en casa?, pero no llores otra vez, Carlos, por Dios, que me estás poniendo nerviosa y voy a acabar enfadándome y no quiero enfadarme contigo, que yo te quiero mucho, pero hijo, de verdad, no sé qué te pasa y por qué dices cosas feas y que no me quieres nada, y todo esto es por tu bien, para que tengas tus estudios, que de las fincas ya se ocupan Mario y Esteban, pero tú eres un chico listo y los papás quieren que estudies y a lo mejor cuando seas grande serás abogado como tío Jorge. Bueno, bueno, ya está, vale, venga, calla, mi amor, calla, no llores más que te vas a quedar sin voz, ¿no ves que no puedes ni respirar? Te perdono, claro que te perdono, ya sé que no lo piensas de verdad, no te preocupes, anda, toma, suénate otra vez, bien fuerte, ¿quieres que te cuente la peli que pusieron el otro día en la tele, de uno que se iba a vivir con los indios y se hacía su amigo? Hasta se echaba una novia india y se iban todos a cazar búfalos, venga a galopar en la pradera, con esos caballos tan bonitos y ligeros, aunque luego llegaban los soldados. Claro que te perdono, mi vida, pero no me digas más mentiras, ¿vale?, tanto llanto, tanto llanto, me lo vas a contagiar, hijo, qué cosas, yo te perdono y nos vamos a querer mucho y a llevar muy bien a partir de ahora, Carlitos, pero no vuelvas a decirme que viste a tío Jorge y a mamá dándose un beso, no me vuelvas a mentir, mi niño, déjame el pañuelo, verás qué bien vamos a estar ahora en esta casa.


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