La insignia
1 de enero del 2001


La sustituta


Rocío Silva Santisteban

De Me Perturbas
Editorial El Santo Oficio, Lima, 1994
(Segunda edición, febrero del 2001)


A mi primo Tito André, del otro lado

Una luz inusitada para esa hora de la tarde le golpeó las mejillas. La Pequeña, con sus manos de uñas feas y renegridas, jaló el banco de la cocina, se encaramó sobre la refrigeradora y de un solo impulso cogió el pyrex. Luego fue hacia el cajón de los cubiertos y sacó la cucharita de plata. Sin poder aguantar las ganas —tiene apenas siete años— se terminó el dulce de manzana de diez cucharaditas.

Su abuela, media hora más tarde, al no encontrar el pyrex en su sitio gritó: "¿Quién-ha-si-do?" con ese tono desafiante y duro de las mujeres del norte. El silencio impreciso de la casa se aglutinó como una culpa en el pecho de la niña.

—Tú has sido— le dijo la abuela señalándola con el dedo índice.

—No me mientas, Pequeña, no me mientas... te has comido el dulce que era para tu padre ¡¿Por qué siempre estás haciendo estas cosas, endemoniada?! ¿Y ahora?, ¿Qué va ha pasar ahora contigo? Ese dulce —enfatizó las palabras apretando los dientes— tenía sus pastillas, ¿te das cuenta? Sus pas-ti-llas.

Una extraña sensación de frío fue bajando desde la cabeza de la niña hasta el estómago, donde le dejó un vacío lacerante. Entonces empezó un llanto convulsionado. La Pequeña se tapó la cara con ambas manos y gritó: no, no, no, mientras se sorbía los mocos y presentía que faltaban apenas unos cuantos minutos, unos cuantos segundos... para que ella también se convirtiera en lo que se había convertido su padre.

—Carajo— dijo la abuela —¿qué te va ha pasar ahora?— agregó, mientras tanto se persignaba evitando mancharse la frente con el azul de las aceitunas que había estado despepitando.

De inmediato la abuela llamó al padre, que se encontraba tirado sobre un sofá de la sala, para que entre ambos la llevaran con cuidado hasta el cuarto que la niña compartía con su madre.

Cuando llegaron a la puerta de madera, el padre de la Pequeña volvió los ojos desorbitados y le susurró algo en el oído:

—¿Ahora sí tienes miedo de volverte loca?

Luego la sentó sobre la cama y le fue desamarrando los pasadores de sus zapatos de colegio. Mientras lo hacía, dejaba su aliento fétido en la falda de la Pequeña; ella sólo lo miraba, con un extraño respeto inspirado en el pavor de sus reacciones, de sus gritos, de sus llantos en las madrugadas, de los golpes en los barrotes de su cuarto... en el pavor y la humillación que sentía frente a su cabeza rapada.

La niña durmió, bajo los efectos de las pastillas, durante cinco horas continuas. Al despertar la desconcertaron dos cosas que le sucedían por primera vez en la vida: amanecer de noche, con una lluvia intensa golpeando las cornisas y no encontrar a su madre al lado.

Con los ojos hinchados del llanto y su pequeña almohada en el recodo del brazo, la Pequeña recorrió sin zapatos el largo pasadizo que separaba las habitaciones de la sala y fue de frente a pararse en el sillón delante de la ventana. Parada allí abrió sus dedos índice y medio como una tijera y agüaitó entre las rendijas de la persiana.

—Pequeña, ponte tus zapatos— le ordenó la abuela, pero ella decidió no moverse del sillón hasta ver en la vereda del frente aquellos altos y acerados zapatos de su madre.

La abuela se acercó a la ventana y pasó su gruesa mano sobre la mata enclenque de pelo, sobre el copete de la cabeza. Era el mayor acto de cariño que había recibido la chiquilla de la vieja. Inusitadamente la Pequeña, con la almohada apretada al cuerpo, volvió a sentir el miedo recorriéndole la cara, los brazos, las venas. Al otro extremo de la sala la abuela se dejaba caer, posando sus enormes nalgas sobre un sofá estrecho para acomodarse y poder ver así la telenovela de las nueve.

Era una noche de lluvia intensa, extraña y sórdida, vacía. Ese aguacero repentino que inundaba las calles de Lima convirtiéndolas en acequias se venía prolongando por varias horas. La gente se pasaba la voz alarmada. Era un fenómeno totalmente inusitado para una ciudad de tímidas garúas. Quizás por eso, el padre de la Pequeña, había contado con cierta risa psicótica los mil rumores que circulaban por la ciudad. Se decía, por ejemplo, que la lluvia era un castigo divino, que esa misma noche Lima desaparecería barrida por un terremoto. Que no quedaría piedra sobre piedra.

La Pequeña escuchaba todo aparentemente imperturbable. Sus temores sólo se presentían en la punta de la almohada: masticada, mojada de tanta baba y tanto miedo.

—¿Y mamá?— volteó la Pequeña hacia donde la abuela había dejado caer su enorme cuerpo como un peso muerto.

—Hoy es martes— le contestó.

La Pequeña volteó a mirar por la ventana. Sí, era martes, hoy le habían tocado dos horas de religión en el colegio y como todo martes, hoy su madre regresaría tarde a casa. Muchos martes la Pequeña había intentado mantener los ojos abiertos, aguantar hasta tarde la telenovela y la cantaleta de su abuela obligándola a ir a dormir. Aguantando y aguantando para esperar a su madre. Pero nunca lo había logrado. "Nunca lo he logrado" pensó sintiendo el sabor acre del fracaso en el paladar.

Detrás de la Pequeña el televisor botaba unas voces acarameladas y fingidas, diálogos cortos sin ningún tipo de fondo musical y palabras que ella escuchaba de lejos, sin oír, en realidad.

Sus manos habían escudriñado las gotas de lluvia que se mantenían pegadas al otro lado de la ventana y que de pronto, como un río diminuto, corrían sobre esa superficie transparente y gélida.

Luego, cerca de las once, recordó la voz nasal de su padre y sus amenazas. Volteó a verlo, pero él ya se había retirado a su cuarto dejando sobre la mesa de centro cuatro ceniceros repletos de colillas. Cogió la almohada con mayor firmeza y decidió no pensar en nada.

Desde la ventana la niña podía ver el cruce de las avenidas Angamos con Comandante Espinar, el agua chorreando de norte a sur, los hombres y las mujeres caminando rapidísimo por las calles con bolsas de plástico en la cabeza.

Cerró los ojos y pensó en su madre. Pero una turbia sensación de desapego le produjo un vahído. Tenía miedo, presentía algo. Algo horrible. Buscó en las oscuras sombras de la calle aquella que fuera la de su mamá. Pero una y otra vez se equivocó, demasiadas veces para una sola noche.

—Vamos— le dijo la abuela a medianoche —ya vendrá, Pequeña, vamos a dormir que es tarde.

Pero la niña ni siquiera parpadeó. Siguió jugando con las gotas que caían del otro lado de la ventana.

—Mi mamá no va a regresar— dijo sin saber lo que decía, deslumbrada ante sus propios labios moviéndose como si fuera una muñeca de cuerda.

—No digas eso ni de broma— regañó la abuela —vamos a dormir de una vez.

Pero la niña no se movió ni un milímetro, siguió con los ojos inmensos y el dedo entre los fletes de las persianas.

—¡Haz lo que quieras!— le gritó la abuela totalmente alterada.

—Esta noche mi mamá va a venir, pero no va a ser mi mamá— dijo la Pequeña con un tono frío, compulsivo.

—¡Qué dices, Chiquinduja, qué estás diciendo, qué tonterías son esas! Renegar de la propia madre... ¡No seas blasfema!— le gritó la abuela mientras le agarraba el brazo izquierdo. Tuvo la niña un movimiento súbito, que la abuela trató de controlar aparentando frialdad pero pensando con temor en las pastillas. Luego la misma niña dejó caer los brazos sobre el respaldar del sofá totalmente abandonada a la espera.

La abuela no había entendido. Por supuesto. Nunca entendía las cosas de la niña. No era que ella renegara de su madre, no era nada de eso. Sino que ella, no sabía cómo, quizás al ver las gotas arremolinadas en un pequeño charco en la ventana, sentía que durante esa noche a su mamá la iban a cambiar... iban a sustituirla por otra.

Al principio nadie lo notaría porque la sustituta sería idéntica a su madre, como esas dos gotas en la bisagra de la ventana; pero con los años se volvería más gris, más dura, muchísimo menos cariñosa, incluso agresiva.

Sólo la Pequeña se daría cuenta desde el primer instante y eso ella lo sabía, esa noche de lluvia no podía tener otra razón: «ellos» iban a cambiarla por otra.

—Voy a esperarla hasta que regrese— dijo con tal firmeza, que su abuela sólo atinó a largarse.

Los minutos que siguieron fueron de una angustia que asfixiaba, la lluvia persistía con fuerza inusitada, los carros y buses cada vez eran más escasos; el semáforo del cruce de Comandante Espinar con Angamos parecía que alargaba el tiempo.

Sólo tres personas habían pasado en ese lapso y hasta el grifero del frente había cerrado todo, incluyendo tomas de agua y de aire.

De pronto, por la esquina del mismo grifo, los tacones característicos hicieron tac-tac-tac. La Pequeña creyó ver el pelo recién cortado de su madre debajo de una bolsa del supermercado.

—Es ella— el corazón otra vez palpitando— es ella, volvió a repetirse mientras se bajaba del sillón para abrir la puerta de la calle.

Su madre al subir las escaleras fue prendiendo las luces de los descansos. Al llegar al tercer piso vio la cara de la niña aparecer por la pequeña ventanita de la puerta de madera.

—Ábreme— le pidió.

La Pequeña en ese instante sintió la inmensa duda abatirla desde el centro mismo de la cabeza. Pero igual le abrió la puerta pues no aguantaba las ganas de dejarse acariciar. Se pegó a las faldas mojadas de su madre con tal fuerza que sintió mojarse su propia ropa.

Por su mente pasó como una ráfaga la duda: decidió, entonces, en un instante de templanza, que si al alzar la vista su madre le guiñaba un ojo... era la otra. Separándose un poco empezó a sollozar mientras le contaba que se había comido la manzana con las pastillas de su padre.

—¿Me voy a volver loca, mamá?— preguntó levantando la mirada.

—No te preocupes, no te va a pasar nada— contestó la madre, mientras le guiñaba un ojo.



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