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La insignia
18 de abril del 2001


Nepal: pobreza y feudalismo


Juan Carlos Galindo
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, abril del 2001.


Treinta policías y dos civiles murieron el viernes 6 de abril en un ataque perpetrado por guerrilleros maoístas contra un cuartel de las fuerzas de seguridad en el distrito de Dailekh, en el oeste de Nepal. Otros cuarenta policías murieron una semana antes en un ataque similar.

Desde marzo de 1996, momento en el que se produjo el levantamiento armado maoísta, han muerto más de 1.600 personas entre rebeldes, civiles y policías.

Nepal se encuentra situado entre China y la India, los dos países más poblados del planeta. Los ríos que descienden del Himalaya le proporcionan una de las redes fluviales más ricas del mundo. La mayor parte del territorio está cubierto por una espesa vegetación y el 90 por ciento de la población se dedica a la agricultura.

La condiciones climatológicas extremas, la estructura social medieval y la corrupción endémica de sus gobiernos convierten a este país en uno de los más pobres del mundo. La inflación aumentó un 35 por ciento en el último año, y el precio de los alimentos básicos un 51 por ciento.

La corrupción y la inestabilidad política son dos constantes históricas. La débil estructura democrática, creada a partir de la derrota del régimen de presidencia hereditaria de Jang Bahadur Rana, se destruyó en 1960 con la disolución del parlamento y la desaparición de los partidos políticos. En 1962 se instauró la democracia tutelada o Panchayat: una democracia sin partidos.

Los bajos índices de alfabetización de la población (41 por ciento entre los hombres y 14 por ciento entre las mujeres en 1995) dificultó la reacción. Aún así, en 1979, las protestas de los estudiantes obligaron al rey Birendra a convocar un plebiscito. Resultado: se reafirmó el sistema de Panchayat bajo fuertes sospechas de fraude.

El régimen monárquico de Birendra no sólo acentuó la extrema pobreza de la población sino que violó sistemáticamente los derechos humanos: numerosos presos políticos fueron encarcelados bajo la Ley de Seguridad Pública (más conocida como Ley Negra). En 1990, las protestas forzaron el inicio de la transición democrática. En 1991 se celebraron las primeras elecciones libres: a pesar de su derrota en la capital Kathmandú, en la que los comunistas consiguieron cuatro de cada cinco votos, el monárquico Partido Nepalés del Congreso venció. Después de la dimisión del primer ministro, Girija Prasad Koirala fue elegido jefe de Estado. Su gobierno no fue, precisamente, un modelo democrático: Koirala fue primer ministro y secretario de su partido, además de canciller, ministro de Finanzas, Defensa y Salud.

La frustración de las nuevas esperanzas democráticas aumentó el descontento social.

La corrupción ahogó cualquier posibilidad de desarrollo. Tan sólo dos ejemplos: altos cargos del Ejército real Nepalí fueron acusados de apoderarse de dinero público y numerosos congresistas vendieron su pasaporte diplomático a las bandas de contrabandistas.

La guerrilla maoísta es el resultado del fracaso de la democracia, de su ausencia. Los maoístas, liderados por Pushpa Kmal Dahal (conocido como camarada Prachanda) apelan a "la destrucción del orden feudal". No se equivocan en el objetivo. Sí en los medios. Su dialéctica es efectiva en un país donde el 71 por ciento de la población vive por debajo del índice de pobreza. En el oeste se han hecho especialmente fuertes: allí, la esperanza de vida es de 34 años. Ni tan injusta situación justifica 1.600 muertes (la mayoría entre civiles y en las filas rebeldes). La destrucción de la torre de Nepal Telecomunications Corporation es un buen ejemplo de su condición paradójica: anulan cualquier posibilidad de modernización en nombre de la destrucción del feudalismo.

Con la publicación de una lista con 300 guerrilleros que se consideraban muertos, el gobierno da un paso hacia el diálogo. Sin embargo, la llamada del primer ministro a los ciudadanos para la formación de escuadrones anti-guerrilla en cada localidad, colocan a Nepal al borde de la guerra civil.

Tan solo el diálogo, una democracia plena y el desarrollo social pueden evitar un final que lleva demasiados años gestándose en una historia de pobreza, desigualdad, corrupción y falta de libertad.



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