La insignia
18 de noviembre del 2000


Historia

Carlos V, Emperador y rey


John Elliot


Aquel que sería conocido en el mundo como el emperador Carlos V nació el 24 de febrero de 1500 como Carlos de Gante; es con este nombre con el que se daría a conocer a sus futuros súbditos españoles. Su padre, Felipe el Hermoso, era el heredero de los territorios Borgoñones, y la decisión de Felipe y de su esposa Juana de Castilla de dar a luz a su hijo en Gante, obedecía en parte a motivos políticos. La elección de Gante para el nacimiento de su hijo parece reflejar el deseo de la casa reinante de embarcarse en una relación más amistosa, no sólo con una de las ciudades más importantes de los Países Bajos, sino también con una ciudad eminentemente turbulenta y fuente de inacabables preocupaciones para la dinastía. Si éste fue el motivo, no hay duda de que Gante estuvo a la altura de las circunstancias. Prudencio de Sandoval nos dice, en su Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V, que "para celebrar la fiesta del baptismo de don Carlos, quiso mostrar la ciudad de Gante el amor grande que a sus príncipes tenía". No se escatimó en gastos para la construcción de una ruta ceremonial desde el Prinsenhof hasta la Iglesia de San Juan, decorada con arcos triunfales e imágenes de Flandes y de Gante. No cabe duda de que los habitantes de esta noble ciudad dieron una bienvenida espectacular al futuro heredero de los países Borgoñones, una bienvenida que, deberíamos señalar, Carlos se olvidó más tarde de corresponder.

No obstante, el joven príncipe estaba llamado a ser el heredero de mucho más que de los países Borgoñones. Cuando la noticia de su nacimiento, en la festividad de San Matías, llegó a su abuela Isabel la Católica en España, ésta citó de la Biblia el pasaje del Libro de los Apóstoles, en el que se refiere cómo Matías fue elegido para reemplazar a Judas como uno de los doce apóstoles: Cecidit sors super Mathiam (la suerte cayó en Matías). Fue la primera de las muchas profecías que acompañarían la carrera de Carlos, y llegó a ser la más acertada de todas. Gracias a las consecuencias de los matrimonios dinásticos y a fallecimientos inesperados, Carlos, como hijo primogénito del archiduque de Austria Felipe y de su mujer española Juana, accedería a una herencia asombrosa: los Países Bajos y el ducado de Borgoña; de sus abuelos maternos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, la nueva España unificada junto con sus posesiones en Italia y, gracias al reciente descubrimiento del Nuevo Mundo de América por Cristóbal Colón, el inicio de lo que luego sería un inmenso imperio transatlántico; de su abuelo Habsburgo, el Emperador Maximiliano, el patrimonio de los territorios austriacos, y finalmente, por elección en 1519, el título que antes ostentaba Maximiliano, Emperador del Sacro Imperio Romano.

Si nos paramos a examinar por un momento esta herencia, nos daremos cuenta de que tiene una doble característica: fue al mismo tiempo individual y universal, y esta naturaleza dual de su herencia es la clave de no pocos acontecimientos en la Europa de hoy al borde de un nuevo milenio.

La herencia de Carlos era individual en el sentido de que estaba hecha de un mosaico de diferentes territorios cada uno con su historia, su lengua, sus leyes y sus tradiciones. Basta echar un vistazo a algunos de sus títulos para darse cuenta de lo que esto significaba. Carlos ostentaba, entre otros muchos títulos, los de rey de Aragón, rey de Castilla, de las dos Sicilias, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante, y conde de Flandes, de Tirol, de Barcelona. Parece una Guía Michelín de Europa. Cada uno de estos territorios había recaído en la dinastía en un momento preciso y de una manera singular, y la relación que mantenían con su gobernante era privativa de cada uno de ellos. El hombre que era rey de todos -y esto resultaba lo más importante a los ojos de sus súbditos- era rey de cada uno de ellos. Tenía que respetar los derechos y privilegios de cada territorio, lo que significaba que su poder variaba enormemente de un territorio a otro.

Sin embargo, el rey de cada uno era también el rey de todos. En este sentido la herencia de Carlos era universal a la vez que individual, y el carácter universal de su gobierno se vio reforzado cuando fue elegido Emperador del Sacro Imperio Romano en 1519. El título imperial tenía reminiscencias del Imperio Romano, de Carlomagno y de los emperadores medievales, e imponía a Carlos la misión divina de salvaguardar la paz y la justicia en toda la cristiandad, y de defenderla del infiel: del Imperio Otomano y del islam.

A muchos, y especialmente a los humanistas europeos de principios del siglo xvi y a los miembros del entorno imperial, la elección de este tímido y patoso joven de diecinueve años como Emperador del Sacro Imperio Romano les pareció el cumplimiento de la profecía. La cristiandad estaba amenazada internamente por divisiones políticas y religiosas al lanzar Lutero su rebelión contra la Iglesia de Roma y, externamente, por el avance de los turcos en los Balcanes y el Mediterráneo. Parecía que, por fin, aquí estaba el hombre que podría traer aires nuevos a Europa, curar sus divisiones y salvarla de los turcos. El canciller imperial Mercurino Gattinara escribió: "Sire, ahora que Dios os ha concedido el prodigioso favor de elevaros por encima de todos los Reyes y Príncipes de la Cristiandad, conferiendoos un grado de poder únicamente alcanzado por vuestro antecesor Carlomagno, estáis en el camino de la monarquía universal, y a punto de reunir a la Cristiandad bajo un único pastor".

Como podemos ver, Gattinara y sus amigos tenían un sueño -lo que llamaríamos en lenguaje del siglo XX, el sueño de una Europa unida-. Ahora bien, en contraste con los sueños están las realidades, las realidades de una Europa desgarrada por disensiones religiosas, y compuesta por numerosas unidades políticas independientes o semiindependientes, cada una con sus distintas prioridades, sus esperanzas y temores, incluido el temor a ser dominados por un todopoderoso Emperador. ¿Cómo respondía Carlos, centro de tantas esperanzas y tantos miedos, a estos retos, oportunidades y peligros de la posición a la que había sido elevado por la singularidad de su herencia?

Es tentador intentar colocarle en el papel de un protoeuropeo, luchando por forjar la unidad en un continente sumido en una diversidad creciente, aunque a mí me parece que esto es equivocar la lectura del hombre y su época. Tenemos que mirarlo no desde la óptica del final del siglo xx, sino desde la del siglo XVI en la que nació, y es esto lo que le convierte en una figura mucho mas interesante que la de un europeo honorario "manqué". La realidad es que emerge como la fascinante representación del conflicto de intereses y aspiraciones de la época en que le tocó vivir.

Nació en el momento en que la cristiandad ansiaba una regeneración y renovación espiritual de cara a 1500, comienzo de un nuevo siglo y nueva mitad de milenio. En sus Países Bajos natales, los Hermanos de la Vida Común y Erasmo y sus compañeros del humanismo cristiano buscaban por distintas vías la manera de volver a una forma más simple y pura de cristianismo, desprovista de las corrupciones que se encontraban tanto en la Iglesia como en la sociedad civil. Paralelamente, el nombre de Erasmo nos hace recordar que ésta era una Europa barrida por los vientos de las nuevas corrientes del pensamiento y saber renacentista, con la mirada vuelta hacia el exterior, es decir, hacia nuevos mundos, incluido el Nuevo Mundo de América. El propio Carlos, criándose en los Países Bajos, donde convergían las nuevas influencias del Renacimiento y el humanismo cristiano, adquirió algo de la curiosidad intelectual, el espíritu investigador práctico y los gustos estéticos de la época.

No obstante, al mismo tiempo, había venido al mundo en unos Países Bajos, y en una Europa, profundamente imbuida de lo que llamaríamos hoy en día valores y aspiraciones "medievales". Su educación estuvo impregnada no sólo de la tradicional pietas austríaca de la casa de Habsburgo, sino también de los valores caballerescos de la corte ducal borgoñona, cuya más preciada merced era el poder, en manos de los duques, de otorgar la orden del Toisón de Oro. Fue educado como toda la nobleza europea de su generación con leyendas caballerescas medievales, que le llevaron a verse a lo largo de su vida como un caballero cristiano andante, matando dragones y enderezando entuertos. Algo de esta imagen se refleja en el gran retrato ecuestre de Tiziano, pintado después de su victoria sobre los príncipes alemanes en la batalla de Mühlberg.

Quizás la mejor manera de entender a Carlos en ese momento, es verle como el compendio de la figura característica de una Europa en transición, una Europa en la que los viejos valores y nuevas aspiraciones, antiguas maneras de pensar y nuevas perspectivas intelectuales, se entremezclan y coexisten.

Aunque por entonces en el entorno imperial se hablaba mucho de la unidad de la cristiandad bajo el mando del Emperador, y los constantes viajes de Carlos a través de sus dominios le hacían una figura cosmopolita, que hablaba español e italiano y pobre alemán a la vez que su nativo flamenco, y francés, seguía viviendo en un universo mental dominado por una visión muy tradicional de sus derechos y obligaciones dinásticas. El sentido de la dinastía estaba muy profundamente arraigado en el ser de Carlos. El gobernante de tantos territorios también se veía a sí mismo como el rey de cada uno de ellos -como conde de Flandes o rey de Castilla-, y ya que no podía estar en cada uno de estos lugares al mismo tiempo, estuvo, inevitablemente, la mayor parte de su reinado, ausente de la mayoría.

Intentó compensar este necesario absentismo con continuos viajes, y no es sorprendente que este ajetreo lo consumiese. Corriendo a través de toda Europa para enfrentarse a una crisis detrás de otra, y hondamente consciente de sus obligaciones con su Dios y con sus súbditos, lo hizo lo mejor que pudo. Su sentido de haber sido elegido por Dios para cumplir una misión, le dio una confianza en sí mismo, que a veces bordeaba la temeridad, y que le daba fuerzas para seguir adelante, y plantarle cara a derrotas y reveses que habrían desanimado a cualquier otro. Plus ultra, la divisa humanista inventada para él en 1516, era la expresión más adecuada de esa confianza sin límites con la que se aventuró en su carrera imperial.

Finalmente la realidad demostró ser más poderosa que los sueños. A pesar de la abundancia de sus recursos -préstamos de sus banqueros alemanes y genoveses, y las remesas de plata de México y Perú-, siempre estaba corto de fondos para llevar a cabo todo lo que era necesario. Fue imposible aplastar la herejía en Alemania o reformar la Iglesia de Roma a tiempo para detener el avance del protestantismo. Una y otra vez, alianzas, tácitas unas, abiertas otras, siempre entre nuevas combinaciones de enemigos, conspiraban para desbaratar los designios del Emperador justo en el momento en que parecía estar a punto de obtener el éxito. Sus dominios eran demasiado distintos y estaban demasiado dispersos, y las distancias entre unos y otros eran excesivamente enormes. Al final, el Emperador, perpetuamente itinerante, se desgastó físicamente en su intento de cumplir una sagrada misión, que a la postre resultó imposible.

La abdicación de uno tras otro de sus títulos entre 1555 y 1556, y su retiro al monasterio de Yuste, fue el reconocimiento del fracaso de su misión. Se había mostrado incapaz de subsanar las divisiones religiosas de Europa, y de terminar con la perpetua guerra entre los príncipes cristianos, empujados por ambiciones dinásticas en una época caracterizada por la transformación de la cristiandad en una Europa de estados-nación soberana. En otras palabras, no consiguió encontrar el punto de reconciliación que hubiese creado un puente entre las tensiones creativas de los anhelos de unidad y las realidades de la diversidad, tensiones que estaban en el fondo de Europa y de su propia herencia. Fue una derrota honrosa con éxitos a lo largo del camino, y queda por ver si nosotros, estando al borde de un nuevo milenio, conseguimos hacerlo mejor que el hombre cuya extraordinaria vida y época conmemoramos este año.



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